Los políticos no suelen atender al dato. Cuando no lo ignoran –es decir, cuando las circunstancias les impiden pasarlo por alto–, lo ningunean a golpe de relato. Y a otra cosa mariposa. Porque, en caso de necesidad, siempre habrá un nuevo dato al que ignorar o ningunear con su correspondiente relato que venga a ocupar el sitio del anterior.

De entre las formaciones políticas, las de izquierda son las que más desechan el dato, seguidas por las nacionalistas. Los motivos de semejante concurrencia cabe buscarlos sin duda en el apego que sienten unas y otras por ese futuro lleno de promesas que está por llegar y con el que sueñan. Poco importa que el método de ensayo y error les desmienta. Sus razones, insisto, no atienden al dato, sólo al deseo. En otras palabras: no son de este mundo, sino de otro que, según esas formaciones, estaría por llegar.

El desastre de la educación pública en España encaja como un guante en este patrón. Anda todo el mundo muy alterado estos días con los resultados del último informe PISA, y no es para menos. Lo de la presente edición, en cuanto a la magnitud de la caída, no tiene precedente. Pero se engañará quien lo vea como un hecho aislado, fuera de lo común, de esos que uno está tentado de no computar por extemporáneos. Al contrario, el derrumbe de España en el ranking de países que participan en las pruebas PISA, lo que la ha llevado a situarse claramente por debajo de las medias de la UE y la OCDE debe entenderse como el resultado del efecto bola de nieve tras treinta y cinco años  de políticas educativas –todas de marchamo izquierdista, pues las leyes aprobadas por gobiernos del PP ni siquiera han llegado a aplicarse, cuando menos en su conjunto, dado que fueron derogadas por los gobiernos del PSOE nada más volver este partido al poder– donde han primado el buenismo, el pedagogismo y la ingeniería social por encima de valores como el esfuerzo, el mérito y la transmisión del conocimiento. En este sentido la LOMLOE, más conocida como ley Celaá, no es sino el depósito, por no decir la charca, donde ha desaguado la LOE, tras recoger a su vez las aguas primigenias de la Logse.

Llegados aquí, acaso se pregunten qué hacen los nacionalismos en todo este fregado supuestamente educativo. Muy sencillo: sacar tajada, como tienen por costumbre. O sea, exigir el aumento de porcentaje del currículo que les corresponde a cambio de votar a favor de la ley. De este modo han ido implantando, entre otras cosas y sin que el gobierno central –a través de una amordazada alta inspección educativa– tuviera nada que objetar, sus políticas lingüísticas. Una inmersión que ya no se limita a la escuela catalana y a su epígono balear, sino que alcanza también la que el Gobierno Vasco está practicando sin pararse en barras con el eusquera. Los resultados a la vista están: de un lado, los de Cataluña no han sido tratados por separado en el informe PISA por haber excluido de las pruebas la Administración catalana a un porcentaje de alumnos con necesidades especiales –esto es, los más propensos a sacar una puntuación baja– cinco veces mayor que el permitido; de otro, el País Vasco, que siempre había figurado a la cabeza de las comunidades autónomas en anteriores informes, se ha desmoronado en la tabla de forma estrepitosa.

Por supuesto que la ley Celaá, al permitir que los alumnos puedan pasar de curso con una mochila cargada de suspensos e incluso titularse en Bachillerato sin tener todas las materias aprobadas, o al amparar la elaboración de unos currículos que chirrían por todas partes, por poner un par de ejemplos, ha colaborado lo suyo. Pero, insisto, no es la causante del derrumbe; en todo caso habrá acelerado un proceso que viene de lejos y cuyos efectos su principal responsable, nuestra izquierda, no ha querido ver ni corregir. Y lo peor no es eso; lo peor es que seguramente ya no tiene remedio.

El derrumbe educativo

    11 de septiembre de 2026
Por más que me esfuerzo, no consigo dar con una sola idea o actitud avanzada que justifique el calificativo de progresista con que se autodefine el partido socialista. Me explico. Ante el cúmulo de escándalos de que son protagonistas sus miembros más notables, con el expresidente Rodríguez Zapatero a la cabeza, me pareció imperioso acudir a la autoridad. O sea, al diccionario de la Real Academia. Y allí, en la voz progresista, encontré la siguiente definición “Dicho de una persona o colectividad: De ideas o actitudes avanzadas”. No sé muy bien qué es una idea o actitud avanzada, pero entiendo que debe de ser algo que se adelanta a su tiempo. En tal caso, aviados estamos con los progresistas que nos han tocado en suerte. Si lo que nos va a deparar el futuro es una clase política corrupta hasta la(s) ceja(s) como la que ahora nos gobierna y va dando lecciones de progresismo, más vale dejarnos de adelantos. El pasado 18 de abril, uno de sus máximos exponentes, el secretario general del PSOE y presidente del Gobierno de España Pedro Sánchez ya advertía en la clausura del Global Progressive Mobilisation: “El progreso no es una garantía, el progreso no es una quimera; el progreso es una promesa”. En otras palabras, lo peor está por llegar.

De ahí que convenga fijarse en los ejemplos del ayer. Sin movernos del socialismo, ahí tenemos a Marx y sus teorías. Como decía Luis García Montero en su plañidera antisemita de este lunes, “los desenlaces tienen mucho que ver con los planteamientos”. Y que lo diga él, un comunista de pura cepa, no es baladí, por más que lo aplicara en este caso a la realidad de Palestina. Se trata de una voz autorizada, supuestamente empapada de planteamientos marxistas y conocedora de primera mano de algunos de sus desenlaces. Baste recordar su querencia por la dictadura cubana y su régimen criminal. Ni un paso atrás ha dado el director del Instituto Cervantes en su admiración por los Castro y demás ralea. Y en cuanto a las muertes causadas en todo el mundo por el comunismo –postrero desenlace, al cabo, del planteamiento marxista–, pongamos que estamos hablando de unos 100 millones. Por avanzada que fuera la idea y progresistas quienes la han adoptado en lo sucesivo, convendrán conmigo en que ya podía su progenitor habérnosla ahorrado.

Pero acaso uno de los ejemplos más próximos y reveladores que nos proporciona el pasado sea la figura de Clara Campoamor. Nadie mejor que ella encarna la figura del progresista. Y nadie mejor que ella denunciando al mismo tiempo el falso progresismo del socialismo que le tocó vivir y padecer. Quien haya leído La revolución española vista por una republicana y conozca la obra de Manuel Chaves Nogales, aunque no sea más que A sangre y fuego, habrá trazado ya la pertinente analogía y sacado sus conclusiones. Aquello de la Tercera España, que de tanto citarse para la galería parece a veces más una entelequia que una realidad, tiene en ambos escritores dos representantes de fuste.

Y en el caso de Campoamor, no sólo tiene a una escritora; también a una activista y política. Al cabo, es esa doble condición lo que sustenta su libro sobre la guerra civil. Como Chaves, Campoamor estuvo allí, es decir, en la retaguardia del Madrid republicano, los primeros meses de la contienda. Y vio lo que cuenta. Y fue lo que vio y cuenta lo que la llevó a exiliarse en septiembre de 1936. La recién publicada Letra de mujer (Renacimiento, 2026), que reúne la correspondencia de las españolas Campoamor, Carmen de Burgos y Consuelo Berges con la argentina Paulina Luisi, desde 1920 hasta 1946, incluye unas cartas de Campoamor a Luisi correspondientes al periodo de la guerra civil que resultan tremendamente esclarecedoras sobre el verdadero y el falso progresismo.

Si alguien destacó entre este grupo de feministas por sus ideas y actitudes avanzadas, esta fue Clara Campoamor. En ello le ayudó sin duda su condición de diputada en las Cortes de la Segunda República, donde encontró púlpito y mármol para su obra. Desde allí defendió la inclusión del sufragio femenino en la Constitución en contra del criterio de su propio partido, el Republicano Radical, y de diputadas como la radical-socialista Victoria Kent y la socialista Margarita Nelken, presuntas progresistas. Aunque la mayoría del partido socialista votó a favor de la inclusión, uno de sus máximos líderes, Indalecio Prieto, no participó en la votación, en desacuerdo con la iniciativa de Campoamor. Aun así, esta salió adelante, y la Constitución republicana consagró el derecho al voto de las mujeres mayores de 23 años, o, lo que es lo mismo, el sufragio universal.

Esa libertad de juicio y ese arrojo para defender sus convicciones aun en contra de las de sus propios correligionarios o de sus aliadas en la causa del feminismo se encuentran admirablemente reflejados, como decía más arriba, en su correspondencia con Paulina Luisi. Y en especial en sus últimas cartas, marcadas por el drama de la guerra de España. En 1937, tras la publicación de La revolución española vista por una republicana en su versión original francesa, Campoamor y Luisi –la primera exiliada en Lausana, la segunda residente en Montevideo– cruzaron unas cartas en las que Luisi, recién afiliada al Partido Socialista de Uruguay, le echaba en cara a Campoamor no haberse comprometido a favor de la República y haberse mantenido equidistante entre ambos bandos. Peor aún: haber hecho público su parecer a los pocos meses de iniciada la guerra, con el consiguiente perjuicio para la causa republicana. A lo que Campoamor respondía: “No voy a recoger punto por punto sus acusaciones e invectivas, sino a resumirlas. A mí, querida Paulina, no se me pueden dar razones de cristal, como se daban cuentas a los negros a cambio de valores. Y todo eso de la democracia y de la libertad y de la justicia vinculada en los gubernamentales de España, en los rojos, como yo les llamo porque tintos de sangre los veo, si no fuera porque el dolor de España me sierra las entrañas, me haría lanzar carcajadas desaforadas. Para mí no puede ser democracia, ni libertad, ni justicia, el asesinato, el robo, el pillaje, la violación, el atropello, la ausencia total de poder y de autoridad. Todo ello anterior a la revuelta militar y causa de ella, aunque ustedes no quieran oírlo. Y afortunadamente que contra eso se ha levantado alguien, porque si no estaríamos a la altura de la desgraciada Rusia”. Y concluía: “Yo no he cambiado una tilde, mis ideas son siempre muy firmes. Yo soy demócrata, liberal (…)”

Soy consciente de que los socialistas de hoy autoproclamados progresistas no son ya los marxistas de antaño. Al menos en la Europa de la Unión. Pero otra cosa es Latinoamérica. La gran mayoría de los líderes que acompañaban a Sánchez en su baño de masas de la Global Progressive Mobilisation eran latinoamericanos que han bebido de ideas retrógradas y fracasadas, derivadas en algún caso en dictaduras. Y a todos, empezando por el anfitrión, podría espetar la progresista Campoamor, de seguir entre nosotros: “Yo no he cambiado una tilde, mis ideas son siempre muy firmes. Yo soy demócrata, liberal”. 

Dudo que alguno encontrara razones para replicarle.